domingo, 27 de marzo de 2011

Cap7.- Cenizas grises

Cap7.- Cenizas Grises

Urruk cruzó lentamente el umbral de la casa y vió, pálida como un fantasma, a aquella muchacha, con dos niños en brazos y sentada en una silla, como esperando la muerte. Un joven de cabellos claros la acompañaba. Urruk lo reconoció al instante, era la viva imagen de su madre. Vió en sus ojos una calma fría y sangrienta, la misma que tenían las bestias cuando se sabían acorraladas y decidían pelear hasta desfallecer. Muy bien, pensó para sí Urruk, si así va a ser...

Desenvainó su espada, y dió un paso hacia el muchacho, cuando de pronto, algo veloz como un relámpago cruzó por la puerta y lo tumbó sobre el suelo de piedra. El capitán ignita, con reflejos aceitados por una vida dedicada al combate, se levantó al instante y enfrentó a su atacante: Un elfo de espalda ancha y ojos en llamas. Era Fenir Ala de Fénix.

Ambos contrincantes se trenzaron en una lucha veloz y cruda: Las furiosas y precisas embestidas de Urruk solo se comparaban con la velocidad excepcional que tenía Fenir para evadir y contraatacar. Finalmente, Urruk se vió obligado a retroceder hacia el exterior, y Fenir lo siguió, con su espada desenvainada y algunas heridas que manchaban su armadura de rojo.

Ellëne suplicó a Seirus que tomara a las criaturas y escapara, pero el joven no tuvo tiempo de responder: Bajo la lluvia que caía, apagando los fuegos que ardían por doquier y levantando densos vapores, un grito agónico se elevó hacia los cielos, como un ave que añorara por última vez el firmamento. Seirus tomó un hacha de su bolsa de cuero y salió rápidamente por la puerta. No pudo contener un grito de desesperación cuando vió a Fenir tendido sobre la hierba húmeda y roja, y a Urruk, que bastante mal herido, intentaba ponerse de pie a escasa distancia.

Seirus se lanzó sobre él, pero el ignita aún conservaba suficiente fuerza como para luchar: Desvió su ataque, haciéndolo caer pesadamente sobre el suelo. En ese momento vió a Ellëne parada en el marco de la puerta, y sin pensarlo se lanzó hacia ella. Seirus vió la figura de su madre, que ligera como una pluma, caía al suelo sin siquiera agitar la hierba a su alrededor.
El mundo se detuvo.
Suave como una brisa abrazó la tierra, sin soltar a los niños que llevaba en brazos. Urruk murmuró algunas palabras que Seirus pudo entender: "Era mi hijo"

Antes de que nadie pudiera reaccionar, zumbaron los arcos syrtianos anunciando a los soldados, que llegaban desde todas partes. Casi al mismo tiempo, como surgidos de las sombras, un grupo de ignitas, guardaespaldas de Urruk, rodearon al capitán. En medio del sangriento encuentro, en el que morían por igual elfos, humanos y moloks, Seirus alcanzó a tomar a uno de los mellizos con un brazo, y, empuñando su hacha con el otro para defenderse de los ataques enemigos, se lanzó al abrigo de la noche.

martes, 22 de marzo de 2011

Cap6.- Un asalto bajo la luna- 2da Parte

Los soldados de la muralla, al oír el sonido del cuerno habían dado la alarma, y los vigías habían divisado pronto en el horizonte la maquinaria de guerra alsiria, que avanzaba tortuosa pero inexorablemente por el bosque. Se trataba de armas de asedio capaces de destruir la enorme puerta en cuestión de minutos. Uno de los capitanes entendió la situación rápidamente: Si el enemigo hubiera tardado mas tiempo en mostrarse, seguramente la Gran Puerta habría caído y habría sido el fin del reino. Pero en cambio tenían aún tiempo de frenarla si actuaban con rapidez... El capitán repartió órdenes entre sus soldados y montó a caballo, con rumbo a Fisgael.

Fenir Ala de Fénix vió llegar a caballo a un mensajero, agitado y pálido. Bajó rápidamente las escaleras y notó que llevaba las insignias de un capitán. El hombre no podía articular palabra, pero no hacía falta, el general podía leer el miedo en sus ojos.

El reino entero se levantó en armas esa noche, al ritmo danzante de las lenguas de fuego que lamían las aldeas, bajo las maldiciones enemigas y la luna que contemplaba, distante, brillante, y fría, el dantesco espectáculo.

Ellëne veía en el horizonte el resplandor rojizo del incendio que devoraba a Syrtis y el peso cíclico de la historia que se repetía la abrumaba, marcaba por primera vez en su hermoso rostro las arrugas de la vejez. Así la vió Seirus en aquellos momentos: la mirada perdida y la voz lenta repitiendo un arrullo triste que no sabía por qué, pero le recordaba mucho a su niñez. En el cielo se oían tanto las voces del combate encarnizado como el estruendo de los truenos, que anunciaban la pronta lluvia. Ellëne había tomado a las dos criaturas en sus brazos, e intentaba lograr que se durmieran una vez más sin éxito. De pronto, en el marco de la puerta, se dibujó una figura a contraluz de los fuegos de la noche: Ellëne supo aún antes de verlo, que era su peor temor hecho realidad: Urruk, el capitán de la guardia ignita, había vuelto.

Cap6.- Un asalto bajo la luna- 1era Parte

Cap6.- Un asalto bajo la luna- 1era Parte

El sol salió nació esa mañana de un intenso color rojo, y las tropas ignitas en formación sabían que era una buena señal: esa noche Syrtis caería. El mensajero llegó del oeste, informando que las tropas alsirias estaban en posición. Los dioses les eran favorables, no había dudas.

Esa noche, Ellëne, luego de hacer dormir a los mellizos Eren y Lorien, salió un momento de la rústica casa y se quedó largo rato contemplando las estrellas. Seirus, en el interior del hogar, guardaba en una bolsa de cuero las herramientas que usaría al día siguiente, cuando fuera a cortar leña.

Detrás de cada árbol, en las inmediaciones de la Gran muralla, los ojos rojos de los ignitas vigilaban atentamente mientras esperaban el momento adecuado para atacar: Los alsirios, del otro lado del bosque, debían darles la señal.

Fenir, en el piso superior de la Casa de los Nobles de Fisgael, miraba el horizonte y sus ojos, siempre en llamas, intentaban ver mas allá. Tenía un funesto presentimiento, todos en la ciudad dormían y ni siquiera las bestias del establo emitían sonido alguno.
La noche está expectante, se dijo. Aferró con fuerza las balaustradas de madera mientras pensaba en Ellëne.

Azzur era un joven patriota ignita, nuevo en el ejército y hambriento de batallas y glorias. Soñaba volver victorioso a Ignis con la cabeza de Ancalimón en su alforja, donde seria recibido como un héroe. Y esa noche, tenía la oportunidad de probar cuanto valía: En cuanto el cazador alsirio que se encontraba en el árbol de su derecha diera la señal, él soplaría el cuerno de guerra, y el ejército ignita entero se lanzaría a la victoria. Los dioses así lo deseaban.

Earwen se encontraba junto con el resto de las aspirantes a sanadoras en el bosque, en el lugar donde solían entrenar con Illiria durante la mayor parte del día. Dormían profundamente, y nada en el bosque, ni siquiera los grillos, respiraba siquiera.

El enano cazador de su derecha volteó repentinamente la cabeza, como sobresaltado por algún ruido. Azzur creyó que era la señal, y en el apuro por desabrochar el cuerno de su cinturón, casi lo deja caer. Sopló repetidas veces, y vió como la noche, tan serena hasta hace un momento, cobraba vida, al tiempo que los soldados ignitas, que se encargarían del primer asalto, salían de su escondites y se lanzaban blandiendo sus armas. El joven soldado del desierto sonrió satisfecho, feliz de haber cumplido con su importantísimo rol en la que sería la derrota final de Syrtis.

Cap5.- Los espías de Urruk

Earwen demostró desde muy temprana edad una asombrosa disposición innata hacia la magia, y fue pronto entregada en custodia de Illiria, jefa de sanadores del reino. Allí aprendió las bases de la conjuración, misteriosa arte que balancea las habilidades re-animadoras, invocatorias y regenerativas. En pocos años se encontró a sí misma prestando servicios a las órdenes del mismísimo Ancalimón, que, en atención a su corta edad, le confiaba asuntos importantes, pero de bajo riesgo.

Seirus por su parte se desempeñaba como ayudante de herrero, oficio a través del cuál, y contra la voluntad de su madre, aprendió las artes básicas de la guerra. El anciano herrero solía contarle sobre sus viejas épocas matando hombres lobo, y las tácticas que él y sus compañeros aplicaban para emboscarlos y atraparlos, aún estando en inferioridad numérica.
Seirus poseía una cierta agilidad, heredada de su sangre élfica, que combinaba con la fuerza pura de sus ancestros ignitas. Ninguno de los elfos con los que solía entrenar era capaz de tumbarlo, ni de detenerlo cuando embestía.

Mientras tanto, algunas noticias inquietantes sobre el movimiento de los ejércitos ignitas y alsirios llegaban hasta Ulren Asir: Se sabía desde hacía tiempo que habían firmado una tregua, pero ahora los rumores apuntaban a que planeaban una invasión a Syrtis en conjunto.
Por otro lado, Urruk, el capitán ignita, había desplegado espías que llegaban hasta él cada día con valiosa información del enemigo.
Uno de ellos aseguraba haber visto a Ellëne en los alrededores de Fisgael, y otro tenía pruebas contundentes de que una escolta de cazadores syrtianos la seguían día y noche, aunque ella misma no lo supiera. Esta protección era obra sin dudas de Fenir Ala de Fénix, y resultaría, dijeron los espías al capitán, un escollo importante: Fenir era un enemigo formidable. Un último espía dijo a Urruk que Ellëne había dado a luz esa primavera a 2 mellizos, un niño y una niña.

Urruk decidió que consultaría al día siguiente a los dioses para decidir su próximo movimiento, y mientras veía caer el pesado sol del desierto tras las montañas, meditaba en la oscuridad que se extendía sin límites.

domingo, 20 de marzo de 2011

Cap4.- La familia

Cap4.-La familia

Fenir se quedó un tiempo más ayudando a la madre primeriza y a su pequeño, pero pronto sus deberes como general lo obligaron a abandonar la tranquilidad de Ulren Asir: La guerra recrudecía en las frías montañas del norte, de las que los alsirios bajaban con tambores, pesadas bestias de carga y maquinarias humeantes de asedio. Fenir prometió que volvería, y desapareció en el horizonte, con su brillante armadura opacando a las estrellas.
Ellëne vió a su hijo crecer, y se asombraba en descubrirle, de vez en cuando, algún gesto de su padre. Sabía por rumores que Urruk había recorrido durante mucho tiempo el amplio desierto en su búsqueda.
Al atardecer, cuando cielo se pintaba de color naranja-rojizo, Ellëne recordaba sus desventuras en Ignis y arrullaba a su hijo con su canto triste, sombra de su anterior voz primaveral.
Para cuando Fenir volvió del frente de batalla, el pequeño Seirus ya caminaba, aunque algo torpemente.
Ellëne quiso agradecerle al general lo que había hecho antes por ella y por el niño, pero las palabras se atoraron en su garganta. Al abrazarlo se dió cuenta de que había tenido mucho miedo de no volverlo a ver, y de que no quería volver a separarse de su lado.

Al cumplirse el tercer aniversario del día en que Ellëne regresara a Syrtis, Fenir, que cumplía con su rutina de guardia en Fisgael, recibió una noticia: Earwen, la primer hija suya y de su esposa Ellëne, había nacido.

Cap3.- Fenir y Seirus

Cap 3.-Fenir y Seirus

Durante los siguientes 4 meses vagó por tierras desconocidas, pasando muchas penurias y viendo como poco a poco su vientre crecía, hinchado de vida. Llegó al fin a su viejo reino, y la saludaron la enorme y vieja muralla junto a la imponente reja nueva, soldada por los maestros herreros elfos. Fue escoltada hasta Ulren Asir por un general llamado "Fenir Ala de Fénix", apodado de esa manera por la cantidad de batallas a las que había sobrevivido durante su larga carrera militar. Era, además de un elfo veterano de guerra, un caballero alto y esbelto cuyos ojos irradiaban fuego y cuya armadura brillaba de noche mas que la luna llena. Al llegar a Ulren Asir, se ofreció a cuidar a la muchacha, que cada día se encontraba más limitada a causa de su estado.
Ellëne ocultó muy bien la verdadera paternidad de la criatura, puesto que conocía la ley del reino, que condenaba a la horca a cualquiera que tuviese tratos con el enemigo, sin importar la situación en que se produjeran.
Odiaba ciertamente a Urruk, pero había decidido tener a su hijo y criarlo: Era su responsabilidad y no la abandonaría.
No había vuelto a cantar desde su encierro en ignis y por más que lo deseaba, aún no había recuperado la voz. Todo lo que salía de ella era un sollozo triste que por vergüenza prefería callar.
Mientras tanto, Fenir, que era tan astuto como prudente, se había guardado bien de hacer preguntas, y solo sus ojos de fuego quizá brillaban mas de lo usual cuando contemplaba a la joven en silencio. Tal vez imaginaba mas de lo que sabía.

Finalmente, luego de tantos meses, nació un niño de sangre mestiza, mitad humano mitad elfo, que bajo la atenta y perspicaz mirada del General y el dulce arrullo de su madre, recibió el nombre de "Seirus".

Cap2.- La flor del desierto

Capítulo 2.-La flor del desierto

Los soldados ignitas llegaron maltrechos y cansados hasta el refugio del desierto, seguros no obstante de haber dado un golpe fatal al reino de Syrtis: tardarían muchos años en reponerse de aquella invasión. Las fuerzas élficas ya no los perseguirían, sabían que el desierto no toleraba a los extraños. Ellëne se encontraba atada desde hacía semanas a una de las monturas de la caravana de guerreros ignitas. Urruk había encargado que se la alimentara bien, puesto que planeaba convertirla en su esposa, pero aún así, el brillo de sus ojos se había apagado como si la arena del mar de dunas los hubiera opacado para siempre.
Ya en Altaruk, Urruk y los soldados fueron recibidos como héroes de guerra, y Ellëne se vió obligada a unirse a las otras jóvenes del haren, que Urruk visitaba asiduamente. Resaltaba como una esmeralda entre las concubinas de piel morena y ojos negros, y llamaba poderosamente la atención de los nobles que transitaban por la opulenta vivienda del capitán de la guardia. Por mas que Urruk obligara frecuentemente a Ellëne a repetir aquella melodía exótica que oyera en Ulren Asir, la muchacha, fría y pálida, ya no era capaz de lograr aquellas notas mágicas, y luego de un tiempo perdió definitivamente la voz.
Una noche de luna llena, luego de que acabaran las fiestas anuales de la cosecha, Ellëne, aprovechando el estado de ebriedad que reinaba entre los guardias y en toda la ciudad, escapó de su encierro, robó un caballo y logró llegar a los pies de la gran muralla ignita. Mirándose en las aguas del mar delante suyo no lograba reconocer a la alegre muchacha que otrora sembrara los campos verdes de syrtis... algo no estaba bien, debía volver inmediatamente a su tierra. Era mas que un presentimiento, lo sentía en su estómago: era la premonición de la vida.